¿Qué hacer?
IV. El primitivismo en el trabajo de los economistas y la organización de los revolucionarios
d. Amplitud de la labor de organización
Como hemos visto, B-v habla de "la escasez de fuerzas revolucionarias aptas para la acción, que se deja sentir no sólo en San Petersburgo, sino en toda Rusia". Y es poco probable que alguien ponga en duda este hecho. Pero el quid está en cómo explicarlo. B-v escribe:
"No nos proponemos esclarecer las causas históricas de este fenómeno; sólo diremos que la sociedad, desmoralizada por una larga reacción política y disgregada por los cambios económicos que se han producido y se producen, promueve un número extremadamente reducido de personas aptas para la labor revolucionaria; que la clase obrera, al promover a revolucionarios obreros, completa en parte las filas de las organizaciones clandestinas; pero el número de estos revolucionarios no corresponde a las demandas de la época. Tanto más que la situación del ocupado en la fábrica once horas y media al día, sólo le permite desempeñar principalmente funciones de agitador; en cambio, la propaganda y la organización, la reproducción y distribución de publicaciones clandestinas, la edición de proclamas, etc., recaen ante todo, quiérase o no, sobre un número reducidísimo de intelectuales" (R. Dielo, núm. 6, pág. 38-39).
Discrepamos en muchos puntos de esta opinión de B-v. no estamos de acuerdo, en particular, con las palabras subrayadas por nosotros, las cuales muestran con singular relieve que, después de haber sufrido mucho (como todo militante práctico que piense algo) a causa de nuestros métodos primitivos, B-v no puede, agobiado por el "economismo", encontrar una salida de esta situación insoportable. No, la sociedad promueve un número extremadamente grande de personas aptas para la "causa", pero no sabemos utilizarlas a todas. En este sentido, el estado crítico, el estado de transición de nuestro movimiento puede formularse del modo siguiente: nos falta gente, y gente hay muchísima. Hay infinidad de hombres porque tanto la clase obrera como sectores cada vez más diversos de la sociedad proporcionan año tras año, y en cantidad creciente, descontentos que desean protestar y que están dispuestos a contribuir cuanto puedan a la lucha contra el absolutismo, cuyo carácter insoportable no comprende aún todo el mundo, aunque masas cada día más vastas lo perciben más y más. Pero, al mismo tiempo, no hay hombres, porque no hay dirigentes, no hay jefes políticos, no hay talentos organizadores capaces de realizar una labor amplia y, a la vez, indivisible y armónica, que permita emplear todas las fuerzas, hasta las más insignificantes. "El crecimiento y el desarrollo de las organizaciones revolucionarias" se rezagan no sólo del crecimiento del movimiento obrero, cosa que reconoce incluso B-v, sino también del crecimiento del movimiento democrático general en todos los sectores del pueblo. (Por lo demás, es probable que B-v consideraría hoy esto un complemento a su conclusión). El alcance de la labor revolucionaria es demasiado reducido en comparación con la amplia base espontánea del movimiento, está demasiado ahogado por la mezquina teoría de "la lucha económica contra los patronos y el gobierno". Pero hoy deben "ir a todas las clases de la población" no sólo los agitadores políticos, sino también los organizadores socialdemócratas*. No creo que un solo militante dedicado a la actividad práctica dude que los socialdemócrataas puedan reaprtir mil funciones fragmentarias de su trabajo de organización entre personas de las clases más diversas. La falta de especialización es uno de los mayores defectos de nuestra técnica que B-v deplora con tanta amargura y tanta razón. Cuanto más menudas sean las distintas "operaciones" de la labor general, tantas más personas capaces de llevarlas a cabo podrán encontrarse (y, en la mayoría de los casos, totalmente incapaces de ser revolucionarios profesionales) y tanto más difícil será que la policía "cace" a todos esos "militantes que desempeñan funciones fragmentarias", tanto más difícil será que pueda montar con el delito insignificante de un individuo un "asunto" que compense los gastos del Estado en el mantenimiento de la policía política. Y en lo que respecta al número de personas dispuestas a prestarnos su concurso, hemos señalado ya en el capítulo precedente el cambio gigantesco que se ha operado en este aspecto durante los cinco años últimos. Pero, por otra parte, para agrupar en un todo único esas pequeñas fracciones, para no fragmentar junto con las funciones del movimiento el propio movimiento y para infundir al ejecutor de las funciones menudas la fe en la necesidad y la importancia de su trabajo, sin la cual nunca trabajará**, para todo esto hace falta precisamente una fuerte organización de revolucionarios probados. Con una organización así, la fe en la fuerza del partido se hará tanto más firme y tanto más extensa cuanto más clandestina sea esta organización; y en la guerra, como es sabido, lo más importante es no sólo infundir confianza en sus fuerzas al ejército propio, sino hacer que crean en ello el enemigo y todos lo elementos neutrales; una neutralidad amistosa puede, a veces, decidir la contienda. Con semejante organización, erigida sobre una firme base teórica, y disponiendo de un órgano de prensa socialdemócrata, no habrá que temer que el movimiento sea desviado de su camino por los numerosos elementos "extraños" que se hayan adherido a él (al contrario, precisamente ahora, cuando predominan los métodos primitivos, vemos que muchos socialdemócratas lo llevan a la trayectoria del Credo, imaginándose que sólo ellos son socialdemócratas). En un palabra, la especialización presupone necesariamente la centralización y, a su vez, la exige en forma absoluta.
* Entre los militantes, por ejemplo, se observa en los últimos tiempos una reanimación indudable del espíritu democrático, en parte a causa de los combates de calle, cada vez más frecuentes, contra "enemigos" como los obreros y los estudiantes. Y en cuanto nos lo permitan nuestras fuerzas, deberemos dedicar sin falta la mayor atención a la labor de agitación y propaganda entre los soldados y oficiales, a la creación de "organizaciones militares" afiliadas a nuestro partido.
** Recuerdo que un camarada me refirió un día que un inspector fabril, que había ayudado a la socialdemocracia y estaba dispuesto a seguir ayundándola, se quejaba amargamente, diciendo que no sabía si su "información" llegaba a un verdadero centro revolucionario, hasta qué punto era necesaria su ayuda ni hasta qué punto era posible utilizar sus pequeños y menudos servicios. Todo militante dedicado a la labor práctica podría citar, sin duda, más de un caso semejante, en que nuestros métodos primitivos de trabajo nos han privado de aliados. ¡Pero los empleados y los funcionarios podrían prestarnos y nos prestarían "pequeños" servicios, que en conjunto serían de un valor inapreciable, no sólo en las fábricas, sino en correos, en ferrocarriles, en aduanas, entre la nobleza, en la iglesia y en todos los demás sitios, incluso en la policía y hasta en la corte! Si tuviéramos ya un verdadero partido, una organización verdaderamente combativa de revolucionarios, no arriesgaríamos a todos esos "auxiliares", no nos apresuraríamos a introducirlos siempre y sin falta en el corazón mismo de las "actividades clandestinas"; al contrario, los cuidaríamos de un modo singular en incluso prepararíamos especialmente a personas para esas funciones, recordando que muchos estudiantes podrían sernos más útiles como funcionarios "auxiliares" que como revolucionarios "a breve plazo". Pero, vuelvo a repetirlo, sólo puede aplicar esta táctica una organización completamente firme ya que no tenga escasez de fuerzas activas.
Pero el mismo B-v, que ha mostrado tan bien toda la necesidad de la especialización, no la aprecia bastante, a nuestro parecer, en la segunda parte del razonamiento citado. Dice que el número de revolucionarios procedentes de los medios obreros es insuficiente. Esta observación es del todo justa, y volvemos a subrayar que la "valiosa noticia de un observador directo" confirma por entero nuestra opinión sobre las causas de la crisis actual de la socialdemocracia y, por tanto, sobre los medios de remediarla. No sólo los revolucionarios en general se rezagan del ascenso espontáneo de las masas obreras. Y este hecho confirma del modo más evidente, incluso desde el punto de vista "práctico", que la "pedagogía" con que nos obsequia tan a menudo, al discutirse el problema de nuestros deberes para con los obreros, es absurda y reaccionaria en el aspecto político.
Este hecho testimonia que nuestra obligación primordial y más imperiosa consiste en ayudar a formar obreros revolucionarios que, desde el punto de vista de su actividad en el partido, estén al mismo nivel que los intelectuales revolucionarios (subrayamos: desde el punto de vista de su actividad en el partido, pues en otros sentidos, aunque sea necesario, está lejos de ser tan fácil y tan urgente que los obreros lleguen al mismo nivel). Por eso debemos orientar nuestra atención principal a elevar a los obreros al nivel de los revolucionarios y no a descender indefectiblemente nosotros mismos al nivel de la "masa obrera", como quieren los "economistas", e indefectiblemente al nivel del "obrero medio", como quiere Svoboda (que, en este sentido, se eleva al segundo grado de la "pedagogía" economista). Nada más lejos de mí que el propósito de negar la necesidad de publicaciones de divulgación para los obreros y de otras publicaciones de más divulgación aún (pero, claro está, no vulgares) para los obreros muy atrasados. Pero lo que me indigna es ese constante meter sin venir a cuento la pedagogía en los problemas políticos, en las cuestiones de organización. Pues ustedes, señores, que se desvelan pro el "obrero medio", en el fondo más bien ofenden a los obreros con el deseo de hacerles sin falta una reverencia antes de hablar de política obrera o de organización obrera. ¡Yérganse para hablar de cosas serias y dejen la pedagogía a quienes ejercen el magisterio, pues no es ocupación de políticos ni de organizadores! ¿Es que entre los intelectuales no hay también hombres avanzados, elementos "medios" y "masas"? ¿Es que no reconoce todo el mundo que los intelectuales también necesitan publicaciones de divulgación? ¿No se escribe esa literatura? Pero imagínense que, en un artículo sobre la organización de los estudiantes universitarios o de bachillerato, el autor se pusiera a repetir con machaconería, como quien hace un descubrimiento, que se precisa, ante todo, una organización de "estudiantes medios". Por seguro que semejante autor sería puesto en ridículo, y le estaría muy bien empleado. Le dirían: usted denos unas cuantas ideíllas de organización, si las tiene, y ya veremos nosotros mismos quién es "medio", superior o inferior. Y si las que tiene sobre organización no son propias, todas sus disquisiciones sobre las "masas" y los "elementos medios" hastiarán simplemente. Comprendan de una vez que los problemas de "política" y "organización" son ya de por sí tan serios que no se puede hablar de ellos sino con toda seriedad: se puede y se debe preparar a los obreros (lo mismo que a los estudiantes universitarios y de bachillerato) para poder abordar ante ellos esos problemas; pero una vez los han abordado, den verdaderas respuestas, no se vuelvan atrás, hacia los "elementos medios" o hacia las "masas", no salgan del paso con retruécanos o frases*.
* Svoboda, núm. 1, artículo La organización, pág. 66: "La masa obrera apoyará con todo su peso todas las reivindicaciones que sean formuladas en nombre del Trabajo de Rusia" (¡Trabajo con mayúsculas sin falta!) Y el mismo autor exclama: "Yo no les tengo ninguna rabia a los intelectuales, pero…" (éste es el pero que Schedrían traducía con las palabras: ¡de puntillas no se es más alto!)… "pero me pongo terriblemente furioso cuando viene una persona a contarme una retahíla de cosas muy bonitas y buenas y me hace que las crea por su (¿de él?) lindeza y demás méritos" (pág. 62). También yo "me pongo terriblemente furioso"…
Si el obrero revolucionario quiere prepararse por entero para su trabajo, debe convertirse también en un revolucionario profesional. Por esto no tiene razón B-v cuando dice que, pro estar el obrero ocupado en la fábrica once horas y media, las demás funciones revolucionarias (salvo la agitación) "recaen ante todo, quiérase o no, sobre un número reducidísimo de intelectuales". No sucede esto "quiérase o no", sino debido a nuestro atraso, porque no comprendemos que tenemos el deber de ayudar a todo obrero que se distinga por su capacidad para convertirse en un agitador, organizador, propagandista, distribuidor, etc., etc., profesional. En este sentido dilapidamos vergonzosamente nuestras fuerzas, no sabemos cuidar lo que tiene que ser cultivado y desarrollado con particular solicitud. Fíjense en los alemanes: tienen cien veces más fuerzas que nosotros, pero comprenden perfectamente que los agitadores, etc., capaces de verdad, no descuellan con excesiva frecuencia de entre los obreros "medios". Por eso procuran colocar enseguida a todo obrero capaz en condiciones que le permitan desarrollar plenamente y aplicar plenamente sus aptitudes: hacen de él un agitador profesional, lo animan a ensanchar su campo de acción, a extender ésta de una fábrica a todo un oficio, de una localidad a todo el país. De este modo, el obrero adquiere experiencia y habilidad profesional, amplía su horizonte y su saber, observa de cerca de los jefes políticos destacados de otros lugares y de otros partidos, procura ponerse a la misma altura que ellos y unir en su persona el conocimiento del medio obrero y la lozanía de las convicciones socialistas a la maestría profesional sin la que no puede le proletariado desplegar su tenaz lucha contra sus enemigos perfectamente instruidos. Así, sólo así, surgen de la masa obrera los Bebel y los Auer. Pero lo que en un país libre en el aspecto político se hace en gran parte por sí solo, en Rusia deben hacerlo sistemáticamente nuestras organizaciones. Un agitador obrero que tenga algún talento y "prometa" no debe trabajar once horas en la fábrica. Debemos arreglarlo de manera que viva de los fondos del partido, que pueda pasar a la clandestinidad en el momento preciso, que cambie de lugar de acción, pues de otro modo no adquirirá gran experiencia, no ampliará su horizonte, no podrá sostenerse siquiera varios años en la lucha contra los gendarmes. Cuanto más amplio y profundo es el movimiento espontáneo de las masas obreras, tantos más agitadores de talento descuellan, y no sólo agitadores, sino organizadores, propagandistas y militantes "prácticos" de talento, "prácticos" en el buen sentido de la palabra (que son tan escasos entre nuestros intelectuales, en su mayor parte un tanto desidiosos y tardos a la rusa). Cuando tengamos destacamentos de obreros revolucionarios (y bien entendido que "todas las armas" de la acción revolucionaria) especialmente preparados y con un largo aprendizaje, ninguna policía política del mundo podrá con ellos, porque esos destacamentos de hombres consagrados en cuerpo y alma a la revolución gozarán igualmente de la confianza ilimitada de las más amplias masas obreras. Y somos los culpables directos de no "empujar" bastante a los obreros a este camino, que es el mismo para ellos y para los "intelectuales", al camino del aprendizaje revolucionario profesional, tirando demasiado a menudo de ellos hacia atrás con nuestros discursos necios sobre lo que es "accesible" para la masa obrera, para los "obreros medios", etc.
En este sentido, igual que en los otros, el reducido alcance del trabajo de organización está en relación indudable e íntima (aunque no se dé cuenta de ello la inmensa mayoría de los "economistas" y de los militantes prácticos noveles) con la reducción del alcance de nuestra teoría y de nuestras tareas políticas. El culto a la espontaneidad origina una especie de temor de apartarnos un poquitín de lo que sea "accesible" a las masas, un temor de subir demasiado pro encima de la simple satisfacción de sus necesidades directas e inmediatas. ¡No tengan miedo, señores! ¡Recuerden ustedes que en materia de organización estamos a un nivel tan bajo que es absurda hasta l apropia idea de que podamos subir demasiado alto!
e. La organización "de conspiradores" y la "democracia"
Entre nosotros hay mucha gente tan sensible a "la voz de la vida" que nada temen tanto como eso precisamente, acusando de ser adeptos del grupo Libertad del Pueblo, de no comprender la "democracia", etc., a los que comparten las opiniones expuestas más arriba. Nos vemos precisados a detenernos en estas acusaciones, que apoya también, como es natural, Rabócheie Dielo.
Quien escribe estas líneas sabe muy bien que los "economistas" petersburgueses acusaban ya a Rabóchaya Gazeta de seguir a Libertad del Pueblo (cosa comprensible si se la compara con Rabóchaya Mysl). Pro eso, cuando, después de aparecer Iskra, un camarada nos refirió que los socialdemócratas de la ciudad X califican a Iskra de órgano de Libertad del Pueblo, no nos sentimos nada sorprendidos. Naturalmente, esa acusación era para todos nosotros un elogio, pues ¿a qué socialdemócrata decente no habrán acusado de lo mismo los "economistas"?
Estas acusaciones son debidas a malentendidos de dos géneros. En primer lugar, en nuestro país se conoce tan poco la historia del movimiento revolucionario que toda idea de formar una organización combativa centralizada que declare una guerra sin cuartel al zarismo es calificada de adicta a Libertad del Pueblo. Pero lo magnífica organización que tenían los revolucionarios de la década del 70 y que debiera servirnos a todos de modelo no la crearon, ni mucho menos, los adeptos de Libertad del Pueblo, sino los partidarios de Tierra y Libertad (80) que luego se dividió en Reparto Negro y Libertad del Pueblo. Por eso es absurdo, tanto desde el punto de vista histórico como desde el lógico, ver en una organización revolucionaria de combate algo específico de Libertad del Pueblo, porque ninguna tendencia revolucionaria que piense realmente en una lucha seria puede prescindir de semejante organización. El error de los adeptos de Libertad del Pueblo no consistió en procurar que se incorporaran a su organización todos los descontentos ni orientar esa organización hacia una lucha resuelta contra la autocracia. En eso, pro el contrario, estriba su gran mérito ante la historia. Y su error consintió en haberse apoyado en una teoría que no tenía en realidad nada de revolucionaria y en no haber sabido, o en no haber podido, establecer un nexo firme entre su movimiento y la lucha de clases en la sociedad capitalista en desarrollo. Y sólo la más burda incomprensión del marxismo (o su "comprensión" en sentido "struvista") ha podido dar lugar a la opinión de que la aparición de un movimiento obrero espontáneo de masas nos exime de la obligación de fundar una organización de revolucionarios tan buena como la de los partidarios de Tierra y Libertad o de crear otra incomparablemente mejor. Por el contrario, ese movimiento nos impone precisamente dicha obligación, ya que la lucha espontánea del proletariado no se convertirá en su verdadera "lucha de clase" mientras no esté dirigida por una fuerte organización de revolucionarios.
En segundo lugar, muchos –y entre ello, por lo visto, B. Krichevski (R. D., núm. 10, pág. 18) – no comprenden bien la polémica que siempre han sostenido los socialdemócratas contra la concepción de la lucha política como una lucha "de conspiradores". Hemos protestado y protestaremos siempre, desde luego, contra la reducción de la lucha política alas proporciones de una conjuración*, pero eso, claro está, en modo alguno significaba que negásemos la necesidad de una fuerte organización revolucionaria. Y, por ejemplo, en el folleto citado en la nota, junto a la polémica contra quienes quieren reducir la lucha política a una conjuración se encuentra el esquema de una organización (como ideal de los socialdemócratas) lo bastante fuerte para poder recurrir tanto a la "insurrección" como a cualquier "otra forma de ataque" con objeto de asestar el golpe decisivo al absolutismo"**. Por su forma, una organización revolucionaria de esa fuerza en un país autocrático puede llamarse también organización "de conspiradores" porque la palabra francesa "conspiration" equivale a "conjuración", y el carácter conspirativo es imprescindible en el grado máximo para semejante organización. El carácter conspirativo es condición tan imprescindible de tal organización que las demás condiciones (número, selección, funciones, etc. de los miembros) tienen que concertarse con ella. Sería, pro tanto, extrema candidez temer que nos acusen a los socialdemócratas de querer crear una organización de conspiradores. Todo enemigo del "economismo" debe enorgullecerse de esa acusación, así como de la acusación de ser partidario de Libertad del Pueblo.
* Véase Las tareas de los socialdemócratas rusos, pág. 21, la polémica contra P. L. Lavrov. (Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª edic. en ruso, t. 2, pág. 451. – N. de la Edit. )
** Las tareas de los socialdemócratas rusos, pág. 23. (Véase V. I. Lenin. Obras Completas, 5ª ed. en ruso, t. 2, pág. 451.- N. de la Edit.). Por cierto, he aquí otro ejemplo de cómo Rab. Dielo o no comprende lo que dice, o cambia de opinión "según de donde sople el viento". En el número 1 de R. Dielo se dice en cursiva: "El contenido del folleto que acabamos de exponer coincide plenamente con el programa de la redacción de "Rabóchie Dielo" (pág. 142). ¿Es cierto eso? ¿Coincide con Las tareas la idea de que no se puede plantear al movimiento de masas como primera tarea derrocar la autocracia? ¿Coincide con ellas la teoría de la "lucha económica contra los patronos y el gobierno"? ¿Coincide la teoría de las fases? Que el lector juzgue de la firmeza de principios de un órgano que comprende la "coincidencia2 de manera tan original.
Se nos objetará que una organización tan poderosa y tan rigurosamente secreta, que concentra en sus manos todos los hilos de la actividad conspirativa, organización necesariamente centralista, puede lanzarse con excesiva ligereza a un ataque prematuro, puede enconar irreflexivamente el movimiento antes de que lo hagan posible y necesario la extensión del descontento político, la fuerza de la efervescencia y de la exasperación de la clase obrera, etc. Nosotros contestaremos que, hablando en términos abstractos, no es posible negar, desde luego, que una organización de combate puede abocar en una batalla impremeditada, la cual puede acabar en una derrota que en modo alguno sería inevitable en otras condiciones. Pero, en semejante problema, es imposible limitarse a consideraciones abstractas, porque todo combate entraña la posibilidad abstracta de la derrota, y no hay otro medio de disminuir esta posibilidad que preparar organizadamente el combate. Y si planteamos el problema en el terreno concreto de las condiciones actuales de Rusia, habremos de llegar a esta conclusión positiva: una fuerte organización revolucionaria es sin duda necesaria para dar precisamente estabilidad al movimiento y preservarlo de la posibilidad de los ataques irreflexivos. Justamente ahora, cuando carecemos de semejante organización y cuando el movimiento revolucionario crece espontánea y rápidamente, se observan ya dos extremos opuestos (que, como es lógico, "se tocan"): o un "economismo" sin el menor fundamento, acompañado de prédicas de moderación, o un "terrorismo excitante", con tan poco fundamento, que tiende "a producir artificiosamente, en el movimiento que se desarrolla y se consolida, pero que todavía está más cerca de su principio que de su fin, síntomas de su fin" (V. Z. En Zariá, núm. 2-3, pág. 353). Y el ejemplo de Rab. Dielo demuestra que existen ya socialdemócratas que capitulan ante ambos extremos. Y no es de extrañar, porque, amén de otras razones, la "lucha económica contra los patronos y el gobierno" jamás satisfará a un revolucionario, y extremos opuestos siempre surgirán aquí o allá. Sólo una organización combativa centralizada que aplique firmemente la política socialdemócrata y satisfaga, pro decirlo así, todos los instintos y aspiraciones revolucionarios puede preservar de un ataque irreflexivo al movimiento y preparar un ataque con perspectivas de éxito.
Se nos objetará también que el punto de vista expuesto sobre la organización contradice el "principio democrático". La acusación anterior tiene un origen ruso tan específico como específico carácter extranjero tiene esta otra. Sólo una organización con sede en el extranjero (La Unión de Socialdemócratas Rusos) ha podido dar a su redacción, entre otras instrucciones, la siguiente:
"Principio de organización. Para favorecer el desarrollo y la unificación de la socialdemocracia es preciso subrayar, desarrollar, luchar por un amplio principio democrático de su organización de partido, cosa que han hecho especialmente imprescindible las tendencias antidemocráticas aparecidas en las filas de nuestro partido" (Dos congresos, pág. 18)
En el capítulo siguiente veremos cómo lucha precisamente Rab. Dielo contra las "tendencias antidemocráticas" de Iskra. Veamos ahora más de cerca el "principio" que proponen los "economistas". Es probable que todo el mundo esté de acuerdo en que el "amplio principio democrático" presupone las dos condiciones imprescindibles que siguen: primero, publicidad completa, y, segundo, carácter electivo de todos los cargos. Sin publicidad, más aún, sin una publicidad que no quede reducida a los miembros de la organización sería ridículo hablar de espíritu democrático. Llamaremos democrática a la organización del partido socialista alemán ya que en él todo es público, incluso las sesiones de sus congresos; pero nadie llamará democrática a una organización que se oculte de todos los que no sean miembros suyos con el manto del secreto. Cabe preguntar: ¿qué sentido tiene proponer un "amplio principio democrático", cuando la condición fundamental de ese principio es irrealizable para una organización secreta? El "amplio principio" resulta ser una mera frase que suena mucho, pero que está vacía. Más aún. Esta frase demuestra una incomprensión completa de las tareas urgentes del momento en materia de organización. Todo el mundo sabe hasta qué punto está extendida entre nosotros la falta de discreción, conspirativa que predomina en la "gran" masa de revolucionarios. Ya hemos visto con cuánta amargura se queja de ello B-v, exigiendo, lleno de razón, "una severa selección de los afiliados" (R. D., núm. 6, pág. 42). ¡Y de pronto aparecen gentes que se ufanan de su "sentido de la vida" y, en semejante situación, no subrayan la necesidad de la más severa discreción conspirativa y de la más rigurosa (y, por consiguiente, más estrecha) selección de los afiliados, sino un "amplio principio democrático"! Esto se llama tomar el rábano por las hojas.
No queda mejor parado el segundo rasgo de la democracia: el carácter electivo. En los países que gozan de libertad política, esta condición se sobreentiendo por sí misma. "Se considera miembro del partido todo el que acepta los principios de su programa y ayuda al partido en la medida de sus fuerzas", dice el artículo primera de los estatutos orgánicos del Partido Socialdemócrata Alemán. Y como toda la liza política está abierta para todos, igual que la rampa del escenario para el público de un teatro, el que se acepte o se rechace, se apoye o se impugne son cosas que todos saben pro los periódicos y por las reuniones públicas. Todo el mundo sabe que determinado dirigente político ha comenzado de tal manera, ha pasado por tal y tal evolución, se ha portado de tal y tal modo en un momento difícil de su vida, se distingue en general por tales y tales cualidades: pro tanto, es natural que a este dirigente lo puedan elegir o no elegir, con conocimiento de causa, para determinado cargo en el partido, todos los miembros del mismo. El control general (en el sentido literal de la palabra) de cada uno de los pasos del afiliado al partido, a lo largo de su carrera política, crea un mecanismo de acción automática que tiene pro resultado lo que en Biología se llama "supervivencia de los mejor adaptados". La "selección natural", producto de la completa publicidad del carácter electivo y del control general, asegura que cada dirigente esté a fin de cuentas "en su sitio", se encargue d e la labor que mejor concuerde con sus fuerzas y aptitudes, sufra en su carne todas las consecuencias de sus errores y demuestre a la vista de todos su capacidad para reconocer sus faltas y evitarlas.
¡Pero prueben ustedes a encajar este cuadro en el marco de nuestra autocracia! ¿Es acaso concebible entre nosotros que "todo el que acepte los principios del programa del partido y ayude al partido en la medida de sus fuerzas" controle cada paso del revolucionario clandestino? ¿Qué todos elijan a uno o a otro entre estos últimos, cuando, el bien de su trabajo, el revolucionario está obligado a ocultar su verdadera personalidad a las nueve décimas partes de esos "todos"? Reflexionen, aunque sólo sea un momento, en el verdadero sentido de las sonoras palabras de Rab. Dielo y verán que la "amplia democracia" de una organización de partido en las tinieblas de la autocracia, cuando son los gendarmes quienes seleccionan, no es más que un juguete inútil y perjudicial. Inútil porque, en la práctica, jamás ha podido organización revolucionaria alguna aplicar una amplia democracia, ni puede aplicarla, por mucho que lo desee. Perjudicial porque los intentos de aplicar en la práctica un "amplio principio democrático" sólo facilitan a la policía las grandes redadas y perpetúan los métodos primitivos de trabajo dominantes, desviando el pensamiento de los militantes dedicados a la labor práctica de la seria e imperiosa tarea de forjarse como revolucionarios profesionales hacia la redacción de prolijos reglamentos "burocráticos" sobre sistemas de votación. Sólo en el extranjero, donde no pocas veces se juntan gentes que no pueden encontrar una labor verdadera y real, ha podido desarrollarse en algún sitio, sobre todo en diversos grupos pequeños, ese "juego a la democracia".
Para demostrar al lector cuán indecoroso es el procedimiento predilecto de Rab. Dielo para preconizar un "principio" tan decoroso como la democracia en la labor revolucionaria, apelaremos de nuevo a un testigo. Se trata de E. Serebriakov, director de la revista londinense Nakanunie, que siente gran debilidad pro Rab. Dielo y profundo odio a Plejánov y los "plejanovistas"; en los artículos referentes a la escisión de la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero, Nakanunie se puso resueltamente al lado de Rab. Dielo y descargó un nubarrón de palabras detestables sobre Plejánov. Tanto más valor tiene para nosotros el testigo en este punto. En el artículo Con motivo del llamamiento del "Grupo de Autoemancipación de los Obreros", inserto en el número 7 de Nakanunie (julio de 1899), E. Serebriakov decía que era "indecoroso" plantear cuestiones "de obcecación, de primacía, de lo que se llama el areópago, en un movimiento revolucionario serio", y decía, entre otras cosas, lo siguiente:
"Myshkin, Rogachov, Zheliábov, Mijáilov, Peróvskaya, Figner y otro nunca se consideraron dirigentes y nadie los había elegido ni nombrado, aunque en realidad sí lo eran, porque tanto en el período de propaganda como en la lucha contra el gobierno cargaron con el mayor peso del trabajo, fueron a los sitios más peligrosos y su actividad fue la más fructífera. Y la primacía no resultaba de que la desearan, sino de que los camaradas que los rodeaban confiaban en su inteligencia, en su energía y en su lealtad. Temer a un areógrafo (y si no se le teme no hay por qué mencionarlo) que puede dirigir autoritariamente el movimiento es ya demasiada candidez. ¿Quién lo obedecería?"
Preguntamos al lector: ¿en qué se diferencia el "areópago" de las "tendencias antidemocráticas"? ¿No es evidente que el "decoroso" principio de organización de Rabócheie Dielo es tan cándido como indecoroso? Cándido porque sencillamente nadie obedecerá a un "areópago" o a gentes con "tendencias antidemocráticas", toda vez que "los camaradas que los rodean no confiarán en su inteligencia, en su energía nni en su lealtad". E indecoroso como demagógica salida de tono que especula con la presunción de unos, con el desconocimiento que otros tienen del estado en que realmente se encuentra nuestro movimiento y con la falta de preparación de los terceros y su desconocimiento de la historia del movimiento revolucionario. El único principio de organización serio a que deben atenerse los dirigentes de nuestro movimiento ha de ser el siguiente: la más severa discreción conspirativa, la más rigurosa selección de los afiliados y la preparación de revolucionarios profesionales. Si se cuenta con estas cualidades, está asegurado algo mucho más importante que el "ambiente democrático", a saber: la plena confianza mutua, propia de camaradas, entre los revolucionarios. Y es indiscutible que necesitamos más esta confianza porque en Rusia no se puede ni hablar de sustituirla por un control democrático general. Cometeríamos un gran error si creyéramos que, por ser imposible un control verdaderamente "democrático", los afiliados a una organización revolucionaria se convierten en incontrolados: no tienen tiempo de pensar en las formas de juguete de democracia (democracia en el seno de un apretado núcleo de camaradas entre los que reina confianza mutua), pero sienten muy en lo vivo su responsabilidad, pues saben además, pro experiencia, que una organización de verdaderos revolucionarios no se detendrá en medios para deshacerse de un miembro digo. Además, en el país hay una opinión publica bastante desarrollada de los medios revolucionarios rusos (e internacionales) que tiene mucha historia castiga con implacable severidad todo incumplimiento del deber de la camaradería (¡y la "democracia", la verdadera democracia, no la de juguete, va implícita, como la parte en el todo, en este concepto de camaradería!). ¡Tomen todo esto en consideración y comprenderán qué nauseabundo tufillo a juego a los generales en el extranjero trasciende de todas esas habladurías y resoluciones sobre las "tendencias antidemocráticas"!
Hay que observar, además, que la otra fuente de tales habladurías, es decir, la candidez, se alimenta asimismo de una confusión de ideas acerca de la democracia. En el libro de los esposos Webb sobre los tradeuniones inglesas hay un capítulo curioso: La democracia primitiva. Los autores refieren en él que los obreros ingleses tenían por señal imprescindible de democracia en el primer período de existencia de sus sindicatos que todos hicieran de todo en la dirección de los mismos: no sólo se decidían todas las cuestiones pro votación de todos los miembros, sino que los cargos también eran desempeñados sucesivamente por todos los afiliados. Fue necesaria una larga experiencia histórica para que los obreros comprendieran lo absurdo de semejante concepto de la democracia y la necesidad, por una parte, de que existieran instituciones representativas y, por otra, funcionarios profesionales. Fueron necesarios unos cuantos casos de quiebra de cajas de los sindicatos para que los obreros comprendieran que la proporción entre las cuotas que pagaban y los subsidios que recibían no podía decidirse sólo por votación democrática, sino que exigía, además, el consejo de un perito en seguros. Lean también el libro de Kautsky sobre el parlamentarismo y la legislación popular y verán que las deducciones del teórico marxista coinciden con las enseñanzas de prolongados años de práctica de los obreros unidos ""espontáneamente"" Kautsky rebate con denuedo la forma primitiva que Rittinghausen tiene de concebir la democracia, se burla de la gente dispuesta a exigir en nombre de la democracia que "los periódicos del pueblo sean redactados directamente por el pueblo", demuestra la necesidad de que existan, periodistas, parlamentarios, etc., profesionales, para dirigir de un modo socialdemócrata la lucha de clase del proletariado; ataca el "socialismo de anarquistas y literatos" que exaltan "por afán efectista" la legislación que emana directamente del pueblo y no comprenden que su aplicación es muy convencional en la sociedad contemporánea.
Todo el que haya desplegado una labor práctica en nuestro movimiento sabe cuán extendido está entre la masa de la juventud estudiantil y de los obreros el concepto "primitivo" de la democracia. No es de extrañar que este concepto penetre tanto en estatutos como en publicaciones. Los "economistas" de tipo bernsteiniano decían en sus estatutos: "Artículo 10. Todos los asuntos que atañen a los intereses de toda la organización sindical se resolverán pro mayoría de votos de todos sus miembros". Los "economistas" de tipo terrorista los secundan: "Es preciso que los acuerdos del comité pasen por todos los círculos y sólo entonces sean efectivos" (Svoboda, núm. 1, pág. 67). Observen que esta reclamación de aplicar ampliamente el referéndum se plantea ¡después de exigir que toda la organización se base en el principio electivo! Nada más lejos de nosotros, claro está, que censurar por eso a los militantes dedicados al trabajo práctico, que han tenido muy poca posibilidad de conocer la teoría y la práctica de las organizaciones democráticas de verdad. Pero cuando Rab. Dielo, que pretende ejercer una función dirigente, se limita en tales circunstancias a insertar una resolución sobre el amplio principio democrático ¿cómo no llamar a esto sino puro "afán efectista"?